
Un informe de Naciones Unidas calcula que cada dólar invertido en acciones que reduzcan al mismo tiempo la contaminación atmosférica y las emisiones climáticas puede generar hasta US$15 en beneficios. Incluso sin contabilizar los efectos sobre la salud y el bienestar, el retorno de mercado ronda los US$4 por cada dólar invertido.
La lucha contra la contaminación del aire suele aparecer en las empresas como un asunto regulatorio, sanitario o reputacional. Una nueva evaluación global del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la Coalición Clima y Aire Limpio propone cambiar esa mirada: integrar las políticas de clima y calidad del aire puede ser también una estrategia económica de alto retorno.
El informe Hidden assets: The economic and health case for climate and clean air action sostiene que cada dólar invertido en un paquete coordinado de medidas puede devolver alrededor de US$15 en beneficios económicos. La cifra reúne ahorros sanitarios, productividad, daños evitados y otros efectos sociales. Pero incluso al excluir esos beneficios no comerciales, el estudio estima un retorno cercano a US$4 por cada dólar invertido.
Para el sector privado, el dato importa porque traslada la conversación desde el costo de cumplimiento hacia el costo de no actuar. Según el informe, los beneficios de mercado superan los costos de implementación en menos de una década, mientras que cada año de retraso le cuesta al mundo más de US$1,5 billones en oportunidades perdidas.
Una agenda que cruza operaciones y finanzas
La evaluación analiza 25 medidas disponibles en seis grandes sectores: energía, industria, transporte, agricultura y sistemas alimentarios, cocción y calefacción residencial, y gestión de residuos. Muchas ya forman parte de las agendas corporativas de eficiencia y descarbonización, aunque rara vez se planifican de forma conjunta con la calidad del aire.
Entre ellas figuran la expansión de las energías renovables y la eficiencia energética; la electrificación y el mantenimiento de flotas; la recuperación de gas y la reducción de fugas de metano en petróleo y gas; la gestión del estiércol y los fertilizantes; el reemplazo progresivo de hidrofluorocarbonos (HFC) en refrigeración; y una mejor gestión de residuos sólidos y aguas residuales.
El potencial agregado es considerable. Si el paquete se aplicara plenamente, las emisiones globales de CO₂ podrían reducirse aproximadamente a la mitad hacia 2050; las de metano, en torno al 60%; y los principales contaminantes atmosféricos, alrededor del 70%. La acción permitiría evitar 0,34 °C de calentamiento hacia 2050 y hasta 144 millones de muertes prematuras acumuladas vinculadas con la contaminación del aire.
El límite no es tecnológico
El diagnóstico de PNUMA también resulta pertinente para la gestión empresarial: la mayor barrera no es la ausencia de tecnología ni la falta de soluciones rentables. El informe apunta a la fragmentación institucional, las decisiones tomadas en compartimentos estancos, la baja capacidad de ejecución y el financiamiento insuficiente.
En el terreno corporativo, eso implica que las metas climáticas, las políticas de salud y seguridad, la gestión de flotas, las compras, los residuos y las inversiones de capital no deberían quedar desconectadas. La oportunidad está en identificar medidas que reduzcan simultáneamente costos energéticos, exposición regulatoria, emisiones y daños a la salud de trabajadores y comunidades.
La calidad del aire, concluye el informe, no es apenas una consecuencia indeseada del desarrollo. Puede convertirse en un activo económico. Para las empresas, el desafío será demostrarlo en sus decisiones de inversión y en resultados verificables, no solo en sus compromisos.
