
En la octava edición de la London Climate Action Week, celebrada bajo el lema «Cooperación en un mundo fragmentado», la discusión sobre la transición climática se desplazó del terreno de la tecnología y el costo hacia el de las instituciones, las reglas de mercado y la cooperación política.
El evento tuvo intervenciones tan distintas como el discurso de António Guterres, el marco de los organizadores, el fondo de Bloomberg Philanthropies y la agenda de las ciudades: la energía limpia ya es competitiva, pero los sistemas que deberían incorporarla aún no maduran al mismo ritmo.
El discurso del Secretario General de la ONU, una de las últimas grandes intervenciones climáticas de su mandato, ilustró el desplazamiento con dos iniciativas. La primera, un Llamado Global a la Acción sobre el Metano, parte de una premisa que es institucional antes que técnica: la tecnología para reducir estas emisiones existe y es barata, pero falta la decisión de aplicarla. Guterres apuntó que cerca del 70% de las emisiones de metano de petróleo y gas pueden eliminarse con tecnología existente, gran parte a bajo o nulo costo neto, y que el gas es responsable de alrededor de un tercio del calentamiento global y es unas ochenta veces más potente que el dióxido de carbono, aunque se degrada en una o dos décadas. El obstáculo no es la viabilidad, sino la ausencia de un estándar global que obligue a actuar.
La segunda iniciativa, la AI Environmental Transparency Initiative, sigue la misma lógica: frente al impacto ambiental de la inteligencia artificial, la respuesta no es prohibir sino regular y transparentar. Guterres instó a las empresas tecnológicas a divulgar las huellas de carbono, agua y suelo de sus centros de datos y a alimentarlos con energía renovable hacia 2030, y advirtió que hacia 2030 los centros de datos podrían consumir más electricidad que todos los países salvo cinco. En ambos casos, la palanca de cambio es una regla, no un avance técnico.
El marco de la semana: un «doble desafío de innovación» que es político
Los organizadores dieron a ese desplazamiento su formulación más explícita. E3G, el think tank que coordina la semana, planteó que reclamar más «implementación» puede ser engañoso, porque sugiere que basta con acelerar soluciones conocidas. Su CEO y presidente de la London Climate Action Week, Nick Mabey, sostuvo que la próxima etapa exige innovación política, regulatoria y de mercado, y la definió como un doble desafío: innovación en las arquitecturas de cooperación para entregar la próxima ola de soluciones, e innovación en las alianzas y la diplomacia climática en un momento en que los líderes están distraídos, el apoyo a la cooperación decae y los procesos tradicionales como el G7 y el G20 no funcionan para la acción climática. e3g
El think tank respaldó su lectura con un balance de tres décadas: la acción colectiva, recordó, redujo a la mitad los niveles proyectados de cambio de temperatura para 2100, aumentó la inversión limpia un 600% en la última década y llevó a la energía renovable a superar al carbón como porcentaje de la electricidad global. El argumento de fondo es que ese régimen multilateral, y no un salto tecnológico, fue lo que produjo los resultados, y que defenderlo y rediseñarlo es ahora la tarea central de cara a la COP31 de Antalya. e3g
Michael R. Bloomberg, Enviado Especial del Secretario General de la ONU para la Ambición y las Soluciones Climáticas, anunció 285 millones de dólares que no van a financiar proyectos de generación sino la capacidad institucional, técnica y analítica de las industrias renovables en economías emergentes. La organización lo justificó con una frase que resume el clima de la semana: la pregunta ya no es si la energía limpia es económicamente viable, sino si los actores industriales detrás de ella pueden madurar lo suficientemente rápido como para dar forma al futuro sistema energético.
El alcalde de Londres y copresidente de C40 Cities, Sadiq Khan, abrió la semana con el lanzamiento de City Climate Facts, una iniciativa para ayudar a las ciudades a anticipar y responder a la desinformación climática. El planteo asume que el despliegue de políticas de transición depende también de sostener la confianza pública frente a campañas coordinadas: un análisis presentado durante la semana encontró que hasta el 48% de la interacción online en torno a las políticas de calidad del aire y de bajas emisiones en algunas ciudades está impulsada por bots. La batalla por la transición, sugiere la iniciativa, se libra también en la arquitectura del debate público.
