
La transición energética enfrenta una paradoja inesperada: nunca fue tan barato generar electricidad limpia, pero el mundo no está construyendo las redes para transportarla ni los sistemas para almacenarla. El problema ya no es la generación renovable — es la infraestructura que debería llevarla a hogares, fábricas y ciudades. Ese es el diagnóstico central del nuevo informe de la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA).
El documento parte de un diagnóstico concreto: en 2023, los combustibles fósiles representaron más del 80% del suministro energético mundial, mientras que las renovables apenas alcanzaron el 14%. En el consumo final, los fósiles cubrieron más del 60% de la demanda, frente a un 25% correspondiente a la electricidad. Desde esa base, IRENA proyecta un escenario compatible con una limitación del calentamiento global a 1,5°C en el que la electricidad alcanza el 35% del consumo energético final para 2035 y supera el 50% en 2050, con los combustibles fósiles reduciéndose a 20% o menos del total.
La electrificación como palanca central
El informe identifica la electrificación —respaldada por energías renovables y mejoras en eficiencia energética— como el mecanismo más efectivo para reducir el uso directo de combustibles fósiles. El argumento es directo: un auto eléctrico cargado con energía solar no consume petróleo; una fábrica que usa electricidad limpia para sus procesos de calor no quema gas. A escala global, ese reemplazo gradual es lo que permite reducir las emisiones de manera estructural.
Por sectores, las proyecciones de IRENA indican que la electrificación avanzará más rápido en edificios, donde estima alcanzar el 55% del consumo del sector en 2035 y más del 75% en 2050. Le sigue la industria, con alrededor del 35% en 2035 y más del 40% en 2050, y el transporte, con 15% en 2035 y más del 45% en 2050. Para sostener ese ritmo, la capacidad instalada renovable global deberá alcanzar 18,4 TW en 2035 y 38,2 TW en 2050.
Inversión en redes: la brecha más urgente
Esta expansión de la generación renovable está chocando contra un problema concreto: las redes eléctricas no crecen al mismo ritmo. IRENA cuantifica el esfuerzo requerido: la inversión anual global en redes deberá pasar de los USD 500.000 millones registrados en 2025 a USD 1 billón anuales en el período 2026-2035, y a USD 1,2 billones entre 2036 y 2050, totalizando USD 29 billones en inversión acumulada. En 2024, esa inversión creció apenas un 9%.
El almacenamiento deberá escalar en paralelo: de 416 GW en 2025 a 2.530 GW en 2035, y a casi 6.900 GW hacia 2050. Las baterías de gran escala, el almacenamiento por bombeo y otras tecnologías de respaldo son piezas indispensables de ese sistema.
Flexibilidad: la nueva exigencia del sistema eléctrico
Las redes eléctricas fueron diseñadas para sistemas centralizados y predecibles. Una matriz dominada por sol y viento exige algo diferente: sistemas capaces de equilibrar oferta y demanda en tiempo real, gestionar picos de consumo y aprovechar la energía cuando está disponible aunque no haya demanda inmediata. Eso es lo que el sector llama flexibilidad.
IRENA establece metas concretas en este punto: la flexibilidad diaria del sistema eléctrico global deberá pasar del 7% registrado en 2019 a más del 13% en 2035 y al 30% en 2050. Almacenamiento y redes dejan de ser infraestructura complementaria para convertirse en componentes estratégicos del sistema energético.
Sectores difíciles y combustibles alternativos
El informe reconoce que algunos sectores no podrán completar la transición únicamente con electricidad: aviación, navegación marítima y ciertos procesos industriales como la producción de cemento y acero seguirán requiriendo otras soluciones durante años. Para esos casos, hidrógeno limpio, biocombustibles avanzados y combustibles sintéticos cumplirán un rol complementario.
Marco de política y cooperación
Entre las prioridades de política pública, IRENA destaca la eliminación progresiva de subsidios a los combustibles fósiles, el establecimiento de plazos regulatorios claros para su reducción, e incentivos concretos para la electrificación y sus tecnologías habilitadoras. El informe subraya que cada país debe definir su propia ruta según sus capacidades, recursos y estructura económica, con criterios de equidad en el proceso.
La eficiencia energética completa el cuadro. La intensidad energética global mejoró apenas alrededor del 1% en 2023-2024, cuando la meta acordada en la COP28 exige un 4% anual. Para alcanzar los objetivos de 2030, ese ritmo de mejora tendría que quintuplicarse.
El informe concluye que las decisiones que se tomen en esta década determinarán si el mundo puede construir sistemas energéticos más resilientes, eficientes y accesibles. Lo que definirá la velocidad de la transición no es ya el costo de las renovables, sino la capacidad de los países para modernizar sus redes y desarrollar sistemas eléctricos flexibles capaces de acompañar la expansión renovable.
Estos diagnósticos son consistentes con los de otros organismos de referencia global. El informe Electricity 2026 de la Agencia Internacional de Energía (IEA), publicado en febrero de este año, señala que más de 2.500 GW de proyectos renovables y de almacenamiento permanecen demorados en colas de conexión a redes en todo el mundo, y estima que la inversión anual en infraestructura eléctrica deberá aumentar un 50% antes de 2030. Por su parte, el informe World Energy Investment 2025 de la misma agencia documenta que la inversión en el sector eléctrico superó en 2025 los USD 1,5 billones, por primera vez un 50% por encima del total destinado a petróleo, gas y carbón — una señal de que los flujos de capital ya están cambiando de dirección, aunque todavía no a la escala que las proyecciones exigen.
